Ni en mis sueños más salvajes se me habría ocurrido, ir hasta allá y no poder conocer nada. Bueno, digamos que sí pude hacer un trayecto en góndola. No creo que sea para decir que cumplí mi deseo en la lista, pero algo es algo”, ríe mi amiga, francamente. Discurren un par de lágrimas por los surcos de sus mejillas que reflejan sus años y continúa relatándome sus escasas peripecias en el Viejo Continente.
Ella es un número más de los miles de personas, de la tercera edad, que se accidentan en un viaje. Personalmente, puedo contar a tres amigas quienes vieron interrumpir sueños transformados en viajes, por un accidente.
Llamémoslo turismo silver, turismo senior, turismo gris cualquier nombre que sirva para identificar a las personas mayores que, luego de haber trabajado su vida entera, pueden empezar a gozar de sus descansos. Sus vidas en la última etapa cronológica, significan sosiego, sabiduría y cierre de círculos. Es aquí donde entran a tallar los problemas. Mi amiga en mención se cayó en uno de los tantos pasajes en Venecia y se rompió la pierna: imposible continuar con el tour de esa manera. La embarcaron de regreso, eso sí, el buen seguro médico adquirido le devolvería todo lo pagado en el hospital, a su retorno. Otra amiga contrajo Covid, de los fuertes, cuando la pandemia ya había terminado y el mundo abría sus puertas de par en par a las hordas de turistas que habían puesto un freno a los viajes. Todavía sigue internada en un policlínico en Roma, mejorando muy lentamente. Por último y a riesgo que piensen que mis amigas son “saladas” o que tienen muy mala suerte, una tercera llegó a su destino y se infartó. Casi pasó dos meses internada en un hospital flamante y modernísimo y no pagó un centavo. Las tres oscilan entre los cincuentaicinco y setentaicinco años y gozan de tan buena salud como sus años y hábitos de vida les permiten.
No tengo cifras exactas del número de personas mayores que viaja anualmente, sin embargo, inferimos que, así como la expectativa de vida se ha incrementado en nuestras regiones, lo mismo sucede en el ámbito turístico.
Queremos -por fin- desandar a nuestros poetas en sus periplos europeos de inspiración. Queremos visitar, oler y palpar arte ya que en nuestros países tercermundistas no podemos ver grandes obras maestras, de pintura o escultura, por ejemplo. Nos sentimos ávidos de escuchar opera, presenciar teatro de calidad o películas fuera del ámbito puramente comercial. Queremos pasear por ruinas, por calles empedradas y subir escalinatas…no todas podemos pues nuestras piernas algo endebles no permiten tanto ajetreo.
¿Qué hacemos? Dígannos ustedes ¿qué nos pueden ofrecer que no nos cueste un ojo de la cara? ¿Qué tienen pensado para esta etapa, además de sillas de ruedas disponibles en los aeropuertos o baños de hoteles con barandas y facilidades? No, señores de agencias de viajes, no queremos tours en “cámara lenta”. Queremos saber cómo gastar nuestros retiros, de manera divertida pero sosegada, intrépida pero segura. Lugares alucinantes y maravillosos para nuestros ojos un tanto cansados y miopes. Queremos rumba y cultura. Lo queremos todo, pero ¡ya! porque tiempo ¡no nos sobra!