Durante décadas, el turismo ha sido reconocido como una fuerza de progreso, intercambio cultural y desarrollo económico. Representa para muchos países de América Latina y el Caribe un motor de crecimiento, una oportunidad de integración regional y un camino de diversificación productiva. Pero en la última década, y especialmente tras la recuperación postpandemia, el mismo fenómeno que alguna vez fue sinónimo de prosperidad empieza a mostrar un rostro inquietante: la masificación del turismo, convertida en un problema global de congestión, deterioro ambiental y de la experiencia del turista, y pérdida de autenticidad.
El turismo, en su expansión exponencial, ha traspasado el umbral de la sostenibilidad en numerosos destinos. Lo que antes era flujo, hoy es presión; lo que antes era encuentro, hoy es saturación. Ciudades como Barcelona, Venecia, Ciudad de México, entre otras, representan algunos ejemplos vivientes de un fenómeno conocido como overtourism —o sobreturismo. Un fenómeno que no solo pone en riesgo la calidad de vida de los residentes y la experiencia del visitante, sino también el equilibrio mismo del destino turístico como ecosistema económico, social y cultural.
En América Latina y el Caribe, aunque la magnitud es aún menor que en Europa o Asia, las señales de alerta comienzan a multiplicarse. Destinos patrimoniales, parques nacionales y ciudades costeras experimentan una importante sobrecarga de turistas en temporadas altas. Cusco, Cartagena de Indias, San Pedro de Atacama, la Riviera Maya,etc, comienzan a sentir los efectos de la presión humana sobre recursos limitados: infraestructura insuficiente, encarecimiento de la vivienda, congestión de transporte, residuos crecientes y pérdida del sentido de pertenencia local.
El problema no se restringe a los destinos: los aeropuertos internacionales se han transformado en escenarios de aglomeraciones permanentes. En América Latina y el Caribe, las terminales aéreas, diseñadas para volúmenes más moderados, se ven hoy sobrepasadas por millones de pasajeros que viajan impulsados por tarifas dinámicas, plataformas de bajo costo y la democratización de la movilidad aérea. Los retrasos, la falta de personal, las largas y demorosas filas y la saturación de servicios son síntomas de un sistema que creció más rápido de lo que pudo planificarse.
En la lógica económica tradicional, más turistas significan más ingresos, más empleos y más desarrollo. Pero el turismo, al igual que otros sectores intensivos en recursos, enfrenta rendimientos decrecientes cuando la cantidad suplanta a la calidad. La masificación genera una paradoja: al atraer demasiados visitantes, los destinos pierden aquello que originalmente los hacía atractivos. El exceso de turistas destruye el paisaje, encarece los servicios, altera la convivencia y homogeneiza la experiencia.
En este contexto, el crecimiento deja de ser sinónimo de progreso y pasa a ser una amenaza para la sostenibilidad. Lo que alguna vez fue desarrollo, se convierte en su negación: una forma de autodestrucción económica, donde el éxito de hoy compromete el futuro de mañana.
Frente a este panorama, la solución no puede ser frenar el turismo, sino transformarlo. La respuesta está en repensar el modelo de desarrollo, no en renunciar a él. Necesitamos avanzar hacia un turismo inteligente, descentralizado y responsable, capaz de distribuir los flujos, preservar los recursos y mejorar la calidad de la experiencia tanto del turista como del residente.
Algunas líneas de acción pueden ser las siguientes:
- Desconcentrar los flujos turísticos mediante la promoción de destinos secundarios y rurales.
- Regular y coordinar el acceso a destinos mas fragiles mediante sistemas de cupos y reservas anticipadas.
- Reformular la política aerea y aeroportuaria.
- Promover la Educación del turista.
- Fomentar la digitalización y la inteligencia artificial para monitorear la capacidad de carga y la estacionalidad.
El reto no es solo técnico o ambiental: es también ético, cultural y político. Implica redefinir el valor del viaje, recuperar el sentido del encuentro humano y restablecer el equilibrio entre turismo y comunidad. La nueva prosperidad turística debe medirse tanto por el bienestar social como por la rentabilidad económica.
América Latina y el Caribe, con su enorme diversidad biológica y cultural, tiene la oportunidad de aprender de los errores del turismo maduro europeo y construir un modelo propio, más sostenible y humano. Nuestros destinos no necesitan repetir los patrones de saturación, sino diseñar desde ahora políticas que integren el desarrollo con la preservación.
El Foro Latinoamericano del Turismo invita a reflexionar, debatir y proponer alternativas de soluciones a esta problemática. No se trata solo de medir turistas, sino de redefinir el propósito del viaje en el siglo XXI. La verdadera sostenibilidad no consiste en frenar la movilidad, sino en darle sentido, dirección y equilibrio.
La masificación del turismo es uno de los grandes dilemas contemporáneos: el éxito cuantitativo amenaza con devorar la esencia cualitativa del viaje. Pero también puede ser una oportunidad para evolucionar. El overtourism no es un resultado inevitable, sino una llamada de atención. Nos recuerda que el turismo, para seguir creciendo, debe hacerlo de otro modo: más inteligente, más equilibrado y equitativo, y más humano.
En la sección Análisis de la presente edición de ForoTurismo se entregan los análisis y propuestas respecto al sobreturismo de algunos importantes organismos internacionales de turismo.
Es bueno porque ofre apoyo económico para el turismo y persona de otros países le yaman la atención cosas específicas de otro país y tanta es la afan q lo van a conocer o viajar