Marco Antonio Abastoflor Portugal (Bolivia)
I.- Sintesis
El turismo rural en Bolivia, ejemplificado por Toro Toro, demuestra cómo la capacitación, el liderazgo comunitario y la valorización del patrimonio pueden transformar comunidades. A través de competencias en atención, sostenibilidad y gestión, se impulsa una economía local inclusiva y resiliente. Instituciones educativas, desde escuelas hasta universidades, juegan un rol clave en este proceso. El verdadero desarrollo surge al empoderar a las personas, reconociendo que el mayor capital turístico de Bolivia es su gente, su hospitalidad y su capacidad colectiva.
II.- Desarrollo
Hablar de turismo en el área rural de Bolivia es hablar de sueños que, con esfuerzo y dedicación, se vuelven realidad. La verdad es que trabajar en turismo conlleva mucho más que mostrar un paisaje o narrar una historia; se trata de tocar vidas, transformar comunidades, descubrir talentos y, sobre todo, construir un futuro digno con las propias manos.
Toro Toro es una comunidad pequeña situada al norte del Departamento de Potosí en Bolivia, quizá, uno de los mejores ejemplos de lo que puede suceder cuando una comunidad abraza el turismo como parte vital de su desarrollo. Durante años, he visto cómo el desarrollo de competencias —ese conjunto de habilidades, saberes y actitudes— ha marcado la diferencia entre un turismo incipiente y una economía local floreciente. No es un camino fácil. A veces, la resistencia aparece disfrazada de timidez, de miedo al cambio, de dudas sobre si realmente vale la pena apostar por un oficio tan incierto. Pero vale la pena.
Lo primero que se aprende es que no basta con tener maravillas naturales; las personas lo son todo. La formación constante en atención al cliente, administración de negocios, idiomas —sí, hasta el inglés básico abre puertas— y prácticas sostenibles, no es solo deseable, es imprescindible. Cuando una guía local narra la historia de un cañón o una mamá comunitaria prepara la receta ancestral en su restaurante, toman forma las competencias que llevan la experiencia turística a un nivel más alto y auténtico.
Además, estos procesos formativos han dado lugar a liderazgos genuinos —rotativos, solidarios, horizontales— que sostienen la gestión colectiva. En Toro Toro, lo viví de cerca: los mismos pobladores se volvieron formadores, y la transferencia de saberes se transmitió de padres a hijos, amigos, vecinos. Así, el conocimiento dejó de ser privilegio de unos pocos y se volvió un bien común. Y es que cuando todos entienden que el desarrollo va de la mano del crecimiento personal, el turismo deja de ser solo un ingreso y se convierte en una vía para el bienestar integral.
En la práctica, las competencias profesionales que desarrolla cada persona que trabaja en el sector, también nos permiten enfrentar desafíos: comunicarnos mejor con visitantes de todo el mundo, innovar en nuestros servicios, resolver problemas en equipo y, lo más importante, sentirnos orgullosos de nuestro patrimonio y nuestra cultura. Uno nota que la autoestima colectiva crece. El turismo puede ayudar a recuperar festividades, tradiciones y platos típicos, y, de paso, incentivar mejoras en educación, salud e infraestructura. El círculo virtuoso está ahí, esperándonos.
Ahora bien, la clave está en no dejar de aprender. Los cambios son vertiginosos y las demandas del turismo cada vez más altas. Fortalecer las competencias no es algo que se logre en un taller de fin de semana; requiere acompañamiento continuo, adaptación y mucha creatividad. ¿El mayor reto? Hacer de la capacitación un proceso inclusivo, dialógico, tolerante, en el que nadie quede fuera por su origen o su edad.
El papel de las instituciones educativas en la formación de competencias para el turismo rural es fundamental y debe abordarse de manera articulada, respetuosa del contexto y con visión de largo plazo.
Las escuelas básicas pueden sembrar la motivación y la curiosidad por el entorno local desde edades tempranas, enseñando a valorar el patrimonio natural y cultural, a través de metodologías activas que incorporen la historia viva de la comunidad, los relatos orales y la observación directa del entorno. Las bases para el trabajo en equipo, la comunicación y el respeto intercultural pueden gestarse allí, con proyectos comunitarios y aprendizajes vinculados a la realidad diaria.
Las instituciones técnicas cumplen un rol esencial en la profesionalización inicial; permiten a jóvenes y adultos adquirir habilidades específicas como atención al cliente, administración básica, gastronomía y guía local. Además, su flexibilidad para procesos cortos y enfocados facilita una respuesta directa a las necesidades inmediatas del sector, especialmente en contextos rurales donde quizá la formación universitaria no es una alternativa accesible para todos.
Las universidades, por su parte, están llamadas a liderar procesos integrales de formación, investigación y extensión. Su aporte más valioso es el diseño de programas de formación integral, la certificación académica y la promoción del liderazgo comunitario inclusivo y rotativo. Como evidencia el ejemplo de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo” Sede La Paz en Toro Toro, la academia puede crear modelos educativos basados en la inclusión, el diálogo y la igualdad, “respetando las diferencias culturales y potenciando la autoestima de los participantes a través del trabajo colaborativo y solidario en lo que se llama, “Laboratorios territoriales””.
El estudio de Toro Toro lo señala con claridad que, en el área rural, la idea de trabajar atendiendo y recibiendo turistas no se comprendía como un medio para generar ingresos y que ayude al desarrollo económico de la región. Es por ello que el turismo ha tenido un crecimiento muy lento en comparación de otros países de Latinoamérica, esto ha causado un progreso muy lento en el desarrollo económico de las personas del campo, tomando en cuenta el potencial turístico que tienen y los recursos naturales y culturales tan variados con los que cuentan. Y no podría estar más de acuerdo; la transformación comienza cuando se cultiva la conciencia, se valora la hospitalidad y el talento local se convierte en oportunidad.
El programa “Comunidades de Enseñanza-Aprendizaje en Turismo Comunitario Biocultural”, certificado por la Universidad Católica Boliviana “San Pablo” mediante su carrera de Administración Turística, muestra que el liderazgo puede ser rotativo y la educación un bien comunitario. Ver a los propios pobladores guiando, dando talleres, innovando en turismo vivencial, me llena de satisfacción porque ahí está el verdadero desarrollo.
En definitiva, el mensaje es claro: el turismo rural sostenible solo será posible en Bolivia si apostamos por el crecimiento de las personas que hacen posible esta experiencia. Si abrazamos la diversidad, trabajamos la empatía y apostamos por el trabajo colectivo, ninguna meta resulta inalcanzable. Porque, al final del día, el mayor capital de nuestro territorio no son los cañones, las montañas o las cavernas, sino la capacidad y el corazón de su gente. Y esa es, probablemente, nuestra competencia más valiosa y nuestro mayor orgullo.